La ambigüedad de las palabras y las dificultades para entendernos. Por Octavio Finol.

Seguramente habrás experimentado, con mayor o menor frecuencia, el hecho de que lo que hayas dicho se interpreta de manera errónea, o lo que es peor, totalmente tergiversada. La reacción suele ser de incredulidad (“¡pero si es tan claro lo que dije!”) y generalmente el error se achaca al interlocutor (“¡no presta atención!”).

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Ciertamente es difícil creer que la humanidad tenga miles de años comunicándose y todavía se produzcan errores y malentendidos, pero es que la comunicación, como veremos no es un proceso mecánico y tampoco simple.

La explicación más difundida y compartida sobre la comunicación es que puede ser entendida como un proceso en el que intervienen tres elementos: el emisor que codifica el mensaje, el mensaje en sí mismo y el receptor que lo descodifica.

Este modelo simplificador supone, en primer lugar, que emisor y receptor manejan los mismos códigos y que, por tanto, una vez recibido y descodificado el mensaje, su significado será el mismo que inicialmente estableció el emisor. De manera que, salvo algunos posibles “ruidos”, que son vistos como errores susceptibles de corrección, las personas podrían comunicarse sin dificultades mayores y compartir los mismos significados, es decir, entenderse. Según este modelo, comunicarse no debería ser difícil y, sin embargo, no es así. ¿Por qué?

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Analizar los distintos factores que producen estos decepcionantes resultados nos llevaría mucho más allá del alcance de este artículo. Sin embargo, queremos destacar uno de los más importantes: la intrínseca ambigüedad del lenguaje.

Esta ambigüedad queda de manifiesto cuando explicamos una receta de cocina y decimos “poner a fuego lento” o “agregar una pizca de sal”. Aquí, tanto el fuego lento como la pizca de sal pueden ser de la intensidad y del tamaño que determine la experiencia de quien recibe las instrucciones. Pero también hay otras formas de ambigüedad, por ejemplo, cuando hablamos de puntualidad, la misma será interpretada de acuerdo a las costumbres de la persona que escucha. No es lo mismo, las ocho en punto para un inglés que  para un latinoamericano. Para este último puede  abarcar un período de pocos o muchos minutos después de las ocho. Asimismo, para algunos en la instrucción: “hazlo ahora”, el ahora puede significar “de inmediato” o “después del café”. Todo dependerá del contexto, de la tarea, de las normas internas, de las costumbres, etc.

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Cuando se trata de conceptos, tenemos que reconocer que la ambigüedad llega a niveles importantes. Si hablo de democracia, puedo estar seguro que cada uno de mis interlocutores tiene una idea particular de ella.

El modelo simplificador mencionado más arriba es insuficiente para explicar la complejidad de la comunicación. En su origen, este modelo se aplicó a las comunicaciones telefónicas, a la trasmisión de señales y llevó a su creador, Claude Shannon,  a formular una teoría matemática de la información en la cual esta se cuantificaba con la medida creada por él: el bit.

Pero la comunicación no es sólo trasmisión y tampoco es sólo trasmisión de información. El emisor y el receptor no son aparatos telefónicos y los canales no son tendidos de cables.

Nos comunicamos NO para intercambiar información exacta, ni para definir un único y cristalizado significado a lo que decimos, sino para interactuar, en un proceso nunca definitivo, de producción de sentido. La ambigüedad del lenguaje impone la complementariedad entre aquellos que conversan y que el  sentido y el significado se construyan y se afinen progresivamente en el diálogo con el otro.

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Otros modelos han sido formulados desde la lingüística, de la cibernética y la psicología con la intención de dar cuenta de un fenómeno que como hemos visto es más complejo de lo que usualmente creemos. Sin embargo, esbozarlos, sobrepasa los alcances de este artículo. De manera que sólo destacaremos que, hace mucho, la comunicación, al menos en los círculos académicos, ya no es vista como un fenómeno simple y de causación lineal, sino como uno complejo y mejor representado por la causalidad circular. El concepto de feedback de la cibernética, el de recursividad y la redundancia describen mejor el flujo de de interacción entre individuos y explican porque en el diálogo se van construyendo y afinando progresivamente los significados.

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A nadie veo en el camino, dijo Alicia

¡Ojalá tuviera unos ojos así comentó el rey

¡Ser capaz de ver a nadie!”

(Lewis Carroll: Alicia en el país de las maravillas)

Las consecuencias de entender la comunicación de esta forma, tiene fuertes repercusiones en la acción de los individuos en la vida cotidiana, en el liderazgo y en el funcionamiento de las organizaciones, en particular, obliga a desarrollar nuevas habilidades comunicacionales para abordar eficientemente la complejidad de nuestras interacciones cotidianas.